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Neurocientíficos y experto en inteligencia artificial nos dan la clave sobre  los engaños del cerebro, las emociones y la toma de decisiones. 

Desde los años 90, se ha producido un  interés creciente en el análisis de la realidad como una simulación de nuestro cerebro y en los problemas que los humanos resolvemos de manera subconsciente, como por ejemplo, reconocer caras, traducir un idioma o conducir un automóvil.

Podemos conducir, llegar casa y no sé saber como hemos llegado. Muchas veces nos vemos como sujetos pasivos, pero nuestra visión siempre  es dinámica y activa, el cerebro siempre está buscando información y con los pocos aspectos que percibe completa la información.

Otra particularidad de nuestra manera de acercarnos al mundo es que aunque nos guste pensar que somos seres racionales, las decisiones nunca se toman después de un análisis frío de los datos. Durante mucho tiempo se consideró que para tomar una decisión racional debíamos dejar las emociones de lado. Hoy sabemos que las emociones y la razón trabajan en tándem en la toma de decisiones.

 

 

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Existe una realidad ahí fuera, nosotros no interactuamos con ella. La única realidad con la que convivimos de verdad es una simulación creada por nuestro cerebro que a veces coincide con lo real y a veces no.

Un grupo de investigadores de Oxford ha encontrado una correlación entre la capacidad de engaño táctico de una especie y su capacidad cerebral. Sin un modelo mental del otro y un conocimiento de la diferencia entre la verdad y la mentira, no se puede llegar al engaño, y para ello es fundamental una buena ejecución de las funciones mentales.

De la misma manera que el cerebro nos “engaña” al proporcionarnos solo una parte de la información, o la parte que nosotros queremos o estamos acostumbrados a percibir, también nosotros podemos “engañar” a nuestro cerebro.

Numerosos estudios han demostrado la capacidad de las conductas para modificar la actividad cerebral, aumentando o disminuyendo neurotransmisores,  y en general demostrando el poder que tenemos sobre él.  A través de la propiocepción, sistema de comunicación de doble sentido entre el cerebro y el cuerpo, mediante nuestro comportamiento podemos “engañar” al cerebro para beneficio nuestro y de nuestra actividad.

Esta teoría de la retroalimentación facial ya la apuntó el mismo padre de la evolución, Charles Darwin, constatando que incluso la simulación de una emoción podía provocarla realmente en nuestra mente.

En una investigación reciente publicada en US National Library of Medicine National Institutes of Health, los participantes debían sostener durante un rato un lápiz con la boca de forma que se les dibujara una falsa sonrisa. Al terminar, la mayoría confirmó que les había mejorado el humor. También existe el efecto contrario.

Un reciente estudio demostró que la gente que se inyecta Botox en las patas de gallo y pierde la capacidad de sonreír con naturalidad tiene más tendencia a deprimirse. Esto nos muestra la capacidad que tenemos para moldear nuestro entorno y la información que nos procesa nuestro cerebro, lo que es evidente es que nuestras creencias no están hechas de realidades, sino más bien es nuestra realidad la que está hecha de nuestras creencias.

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Lo más alto de la inteligencia es la mentira, porque para mentir he de tener un modelo mental del otro.

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