Esta historia transcurre en la Francia de 1900, en los comienzos de un durísimo invierno.

Marie era una niña de 11 años que vivía en una casa parisina. Desde que el frío se había hecho sentir, ella empezó a quejarse de un intenso dolor en la espalda que se volvía intolerable al toser. Cuando el médico fue a verla, le dio a su madre el diagnóstico que más temía: Tuberculosis.

En esa época, todavía sin antibióticos, la infección era casi una garantía de muerte. Lo único que los médicos podían hacer era recetar algunos paliativos para el dolor, cuidados generales, reposo… y fe.

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– Estos pacientes, como casi todos – les dijo el profesional – tienen más posibilidades de curarse si luchan contra la enfermedad; si Marie dejara de pelear por su vida, moriría en algunas semanas – y luego agregó, sabiendo que era más un deseo que un pronóstico. Estoy seguro de que si la mantenemos calentita, bien alimentada y con muchos deseos de vivir, cuando el invierno pase, ella estará fuera de peligro y la tuberculosis será sólo un mal recuerdo.

Cuando el doctor se fue, la madre de la niña miró el calendario. Faltaban todavía dos largos meses para que llegara la primavera…

Sabiendo que ninguno de sus compañeros de clase vendría a verla, por el comprensible aunque injustificado temor al contagio, la madre se llegó hasta la escuela de Marie para rogarle a la maestra a que se acercara a casa a darle algunas clases, no tanto por el aprendizaje como por emplear algo de su tiempo de encierro y aburrimiento. La maestra le dijo que no podría hacerlo. Lo sentía pero había cuatro niños en el curso en la misma situación, ella no podía ocuparse de ellos, debía cuidar de los que todavía asistían a clase.

Entrado enero, el invierno se volvió más y más frío, y con ello la niña se agravó. Más de una noche un ataque de tos terminó con un vómito de sangre y la consiguiente desesperación de la jovencita y de su madre.

Una mañana, al volver de la compra, la madre encontró a Marie con la mirada perdida de cara al ventanal. Nada tenía que ver ya esa niña con la Marie que ella recordaba de apenas unas semanas atrás. La madre la abrazó con fuerza sosteniendo la cabeza de su hija contra su pecho, tratando de que su hija no se diera cuenta de que lloraba. La niña señaló hacia el patio y le dijo:

– Mira, mami, ¿ves esa enredadera en la pared del edificio de enfrente? Hace semanas estaba llena de hojas, algunas más verdes, otras más amarillas. Mírala ahora que pocas hojas le quedan. Acabo de pensar que cuando las últimas de las hojas de la enredadera caiga, mi vida también llegará a su fin.

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– No tienes que pensar en eso – le dijo su madre, acomodando la almohada y secándose las lágrimas de espaldas a la niña -. En primavera, de todas las enredaderas surgen nuevas hojas y la vida verde vuelve a nacer. 

– Pero son otras hojas… – pensó la jovencita sin decirlo. La enfermedad seguía su curso con altas y bajas, pero cada vez que el médico venía a visitarla veía cómo el ánimo de la paciente decaía en la misma magnitud que su estado general.

Hasta que una mañana la madre descubrió a Marie muy interesada, mirando hacia arriba por la ventana. Sin querer interrumpir, la madre se acercó con cuidado tratando de ver qué es lo que llamaba la atención de su hija. Se trataba de un joven pintor que, junto a su ventana en el tercer piso del edificio de frente, pintaba con colores vivos imágenes de Paris: Notre-Dame, el Moulin Rouge…

Por primera vez en mucho días, la madre vio a Marie entusiasmada y alegre. La madre compartía esa alegría, algo por fin había captado su interés, quizás ella pudiera convencer al pintor para ayudarla. Esa misma tarde la madre cruzó el edificio y llamó a la puerta de artista. Cuando el joven y estrafalario artista abrió le contó que era la madre de una niña que vivía en la planta baja, en el edificio de enfrente, le dijo que padecía una grave enfermedad, y lo que el médico había dicho.

No por el dinero sino por la pena que le daba la imágen de la niña que había visto por la ventana, el joven artista empezó a bajar un día sí y el otro también a la casa de Marie, llevando consigo algunas telas, carbones y colores para hablar de pintura y para animar a la joven a que utilizase su tiempo en cama para dibujar y pintar.

Durante las siguientes semanas, creció entre ellos una extraña amistad.

Una tarde, cuando el pintor bajó a verla, Marie lloraba en su cama.

– ¿Qué sucede, mon cher? – le pregunto.

Marie le contó de su relación con la enredadera y luego le dijo:

Ayer, después de que te fuistes, hubo mucho viento y muchas hojas cayeron. Cuando la tormenta pasó conté las hojas que quedaban. De las miles que había entre sus ramas sólo quedan 28. Y yo sé lo que eso significa: si se cayeran todas hoy, no habría mañana para mí.

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El pintor intentó convencer a Marie de que esa asociación era una tontería:

– La vida seguirá de todas manera – le dijo -, no debes pensar así. Tienes que practicar las escalas de colores y dibujar las manzanas que te pedí; si no, nunca llegarás a exponer. De hecho, gracias a haber practicado mucho en mi vida me ha llegado una invitación para exponer mis pinturas en América.

– ¿Te irás? – preguntó Marie, sin querer escuchar la respuesta.

– Volveré en mayo como muy tarde – le dijo el pintor -. Allí, si has practicado iremos a pintar en la campiña, recorreremos los museos y te enseñaré a pintar con óleo.

– No sé si estaré cuando regreses, pintor – contestó Marie -. Depende de la enredadera.

El artista, encariñada con la jovencita, la abrazó y prefirió no hablar de esa fantasía.

Cuando se fue, Marie sintió como si el mundo se le derrumbara y en un negro presagio vio como, mientras el pintor cruzaba hacia su casa, el viento arrancaba de la enredadera tres hojas de golpe y las dejaba caer violentamente en el patio.

Desde ese día, cada mañana la niña controlaba desde su ventana las hojas que quedaban en la enredadera.

La mirada divertida de Marie se transformó en la oscura expresión de un obsesivo control de las pobres hojas que quedaban. Y una noche de febrero, en medio de una feroz tormenta de viento y lluvia, la hoja de enmedio se soltó de su amarra y voló lejos. Marie no dijo nada pero redobló sus rezos para pedirle al buen Dios que protegiera sus hojitas.

– Mamá, gritó una mañana -. Mamá, ven.

– ¿Qué pasa, hija?

Queda sólo una, mami, sólo una. La de abajo del todo se cayó anoche. Me voy a morir mami, me voy a morir. Por favor abrázame, tengo miedo, mamita. Mucho miedo.

– Hay que tener fe, hijita – dijo la madre tragando saliva y reprimiendo el llanto de su propio miedo -. Además, faltan pocos días para la primavera y todavía queda una hoja. Es la hoja campeona ¿sabes?

– Sí, pero hace un rato la vi temblar… Tápame, mamá, tengo frío.

Cada momento que Marie estaba despierta miraba por la ventana a la única hoja que todavía resistía. En la punta de la enredadera, la pequeña hoja marrón verdoso se aferraba solitaria a su base, y la niña, al verla, cruzaba instintivamente los dedos pidiéndole que resistiera para que ella también pudiera salvarse.

Y la hoja resistía. Nieve, lluvia y viento. Pasaron los días y la hoja aguantó…

Hasta que una mañana, mientras Marie miraba su esperanza, vio que un rayo de sol iluminaba la hoja, y descubrió que a su lado y más abajo en la enredadera pequeños botones verdes habían empezado a aparecer. 

– Mami, mami, la hoja a resistido, llegó la primavera, mami. ¿No es maravilloso?

La madre corrió junto a su hija y la abrazó con lágrimas en sus ojos. Ella no pensaba en la enredadera sino en su hija, que también se había salvado.

Pasaron los días y la niña comenzó a recuperar sus fuerzas muy despacio. En la primera salida a la calle que el médico autorizó, Marie corrió al edificio de enfrente para preguntar por su amigo el pintor.

La casera se sorprendió al verla, quizás porque no era habitual que alguien sobreviviera a la tuberculosis.

– Me alegro de que estés bien – le dijo mientras la besaba con sincera alegría -. Tu amigo todavía no ha vuelto, pero me ha asegurado que en unas semanas lo tendremos por aquí. Mandó esto para ti. 

Y remitiendo la mano en su escote, le alargó una carta para ella:

“Hola, Marie.

Tal como ves, todo ha pasado.

Dile a la casera que te abra mi apartamento y llévate mis cosas. Practica mucho, recuerda las manzanas y las escaleras de colores”.

La niña saltaba de alegría. después de pedir la llave a la casera, subió a la pequeña buhardilla a por sus pinturas. Una vez allí, sin pensarlo, Marie abrió la ventana e instintivamente buscó a su amiga la hoja heróica, la que aguantó todo, la más fuerte de todas las hojas…

Y la vio.

Ahí estaba en la pared, a un lado, muy cerca del marco de madera de la ventana.

Allí estaba. Pero no era un hoja verdadera, era una hoja que había pintado en el ladrillo su amigo el pintor…

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No debemos perder la fe en la humanidad. La humanidad es como un océano; si algunas gotas del océano están sucias, el océano no se ensucia

-Mahatma Gandhi-

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